Tiene la palabra

Siempre he desconfiado de los autores con gran estilo literario. Les temo. Les huyo. Prefiero a aquellos más humildes que, a falta de grandes habilidades en ese aspecto, ponen el foco en el contenido. Me conformo con la llaneza de Asimov antes que las ampulosas metáforas de Bradbury, por ejemplo.

Por supuesto reconozco que hay frases que, a fuerza de ser simplemente perfectas, resultan una fuente de inspiración; admiro y disfruto construcciones geniales como «ensayo general para la farsa actual, teatro anti-disturbios» (Los Redondos), «y herida por un sable sin remaches/ves llorar la Biblia contra un calefón» (Discépolo), «De vez en cuando la vida toma conmigo café/y está tan bonita que da gusto verla» (Serrat). Y tampoco es que el estilo me resulte indiferente; si algo está mal redactado o es demasiado plano, me puede llegar a resultar intragable; me pasó con La Caza al Octubre Rojo, de  Tom Clancy. La elegancia es necesaria para poder transmitir claramente las ideas.

Sucede que la destreza para moldear con hermosura las palabras y frases trae consigo también el poder para enroscarlas y usarlas para ensalzar perogrulladas, remendar incongruencias o lisa y llanamente mentir. Por algún motivo, ante una frase elegante y bien estructurada estamos indefensos; le damos más valor de verdad que a otra frase más cercana a la realidad, pero tal vez llana o sosa. Este efecto es similar al «poder de la palabra impresa», que los que se dedican a carreras relacionadas con la Comunicación conocen bien: nos cuesta tener una posición crítica frente a aquello que fue publicado en el diario o salió en los noticieros. Si lo vemos escrito, impreso, lo creemos a pie juntillas (o casi). Este efecto es tan fuerte que me ha pasado de leer flagrantes falsedades en Clarín sobre temas que yo conozco desde adentro y aún así costarme mucho comenzar a dudar del diario en el resto de las noticias.

Los refranes populares suelen ser buenos ejemplos de afirmaciones falaces disfrazadas con estilo: por más que digan «perro que ladra no muerde«, yo me cuidaría igual, tanto en su versión literal como metafórica. «A todo chancho le llega su San Martín» (o «el que las hace las paga«) es una frase que, a forma de profecía autocumplida, suele usarse cuando llega el castigo merecido; sin embargo, resulta olvidada cuando la impunidad perdura insolente. Yo todavía estoy esperando el San Martín de Ménem y de algunos de sus secuaces.

En el terreno de las falsedades dichas con estilo, una frase que siempre me molestó de la canción «Quien quiera oir que oiga», de Mignona/Nebia es «si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia», donde la parte de «la verdadera historia» es claramente un razonamiento incorrecto (por lo que pude investigar, un entinema erróneo o un paralogismo, y una forma velada de argumentum ad hominem). Y es que sin importar quién escriba la historia, siempre habrá otras versiones y siempre podrá haber parcialidades, falsedades y tergiversaciones, voluntarias o no. Lo sorprendente es que como en algunos casos lo que implica la frase está en sintonía con lo que se quiere oir, hay gente que es incapaz de ver el error aunque se lo expliquen. En este caso, el error consiste en que al hecho de ganar o perder se le asigna valor moral. Ganar o perder no depende desgraciadamente de quién tiene la razón o de quién es mejor. Las series y películas de Hollywood utilizan mucho este recurso: en la resolución del conflicto, el «bueno» le gana a las trompadas al «malo» y queda zanjada la cuestión; el «bueno» tenía razón por virtud de haber sido el más fuerte. Para la canción que interpretan Baglietto y Garré el razonamiento es el mismo pero, como somos sudacas acomplejados con la colonización y la dominación externa, en nuestro caso implicamos que tiene razón el que pierde, el oprimido, y por ende el que gana carece de autoridad moral y no puede ser veraz.

Hay otra frase engañosa en la misma canción: «inútil es matar: la muerte prueba que la vida existe». Aunque aquí el concepto de a quién se mata es metafórico (interpreto yo que habla de las ideas, más que de las personas), de todas formas hace trampa porque no sostiene la metáfora en toda su estructura. La segunda parte de la frase es hermosa y nos invita a considerar a la vida y a la muerte como constituyentes necesarios de un todo armónico. La primera parte, en cambio, no puede deducirse de dicha afirmación. Matar las ideas no es útil o inútil porque haya una prueba de que existan o que sean mejores que otras. Al contrario, matarlas carecería de sentido si no existieran. Pero la frase es tan bella que la sensación que nos produce es que debe ser cierta. Y porque aborrecemos la muerte (de las personas y de las ideas) y nos aferramos a cualquier cosa que la niege, deseamos que la frase sea cierta. Todo esto «funciona» porque la canción insinúa que las ideas de las que se habla son las más altruistas y puras. Distinto nos sentiríamos si se hablara de matar las ideas de ideologías que despreciamos. Podemos imaginar: «inútil es erradicar la trata de personas; el intento de erradicarla prueba que ésta existe«. No funciona igual, ¿cierto?

Con las palabras bellas pasa un poco como con el amor: cuando nos enamoramos sólo podemos ver lo bueno de aquel o aquella que amamos, y somos incapaces de ver lo malo a cinco centímetros de distancia. Al igual que el objeto de nuestro amor, las frases hermosas nos hipnotizan, nos hechizan, nos acarician y confortan, y ahí es cuando les abrimos la puerta para engañarnos con descaro. Pero no nos importa.

Tal vez nos salve una frase, no necesariamente verídica, del genial Friedrich Nietzsche: «siempre hay un poco de locura en el amor, pero siempre hay un poco de razón en la locura».

Escrito por torpe el 15/04/2009 a las 22:12 hs.

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