La balanza coqueta

Generalmente es uno el que quiere engañar a la balanza. Están los que se sacan hasta las medias y se cortan el pelo antes de pesarse. También están los que se pesan con ropa y luego se sacan más de un par de kilos porque «¡no sabés lo que pesa este jean!». Todos somos coquetos en lo más hondo del corazón. Todos queremos sentirnos al menos un poquito mejor de lo que realmente estamos, aunque no tanto como para que nos sea completamente evidente el autoengaño.

Lo que nunca hubiera esperado es que la coqueta sea la balanza. Claro que la coquetería de la balanza no pasa por la silueta, sino por la exactitud. Toda balanza sabe que debe dar el peso exacto, o al menos parecer que lo da. Pero esto, queridos amigos, es más difícil para una balanza hogareña digital que para casi cualquier otra. Las razones de esto son que, al ser digital, el número que da no deja lugar a ambigüedades ni aproximaciones. En segundo lugar, al ser hogareña, basta con bajarse y volverse a subir para repetir la lectura, la que de ser diferente a la anterior nos revelaría sin ceremonias la inexactitud de la medida.

Una balanza analógica tiene una aguja que tiembla un poco y el valor lo interpreta uno… un poco más, un poco menos, y relativamente inexacto. Una balanza digital de farmacia generalmente es paga, por lo que uno no repite alegremente la medida una y otra vez para ver si es exacta.

Entré a sospechar de mi balanza de $119 cuando hice precisamente eso: me subo, me da 78.8, me bajo, me vuelvo a subir y me vuelve a dar exactamente 78.8. Y así dos o tres veces más. ¡Wow! ¡Qué precisión! Por mi ocupación sé que ese nivel de exactitud es bastante difícil (y costoso) de lograr en un aparato hogareño de ese precio. Por eso me sorprendió. La balanza oscila un poco antes de dar el valor justo, lo cual es esperable, pero luego se decide por un peso y lo anuncia orgullosa. Lo que me hizo sospechar es que a veces los valores en los que oscila son un poco alejados de la lectura que da, y sin embargo siempre repite el mismo valor. ¿No me estará haciendo trampa?

Decidí aplicar un sistema metódico de comprobación. A ver, me peso, 78.8 Kg. Ahora pesemos algo completamente diferente: con mi pie simulo algo de más o menos 26 Kg. Ahora veamos si se olvidó de la lectura anterior: dicho y hecho, me peso y me da 79.2 Kg. Nuevamente pie a veintipico de kilos, luego otra vez yo: 78.5 Kg. ¡Ah, ladina, tramposa! No es que tenía gran precisión: ¡es que se acordaba de mí! «¡Ah, sí, a éste lo conozco!… Me da fiaca medirlo bien otra vez… le paso el valor anterior y listo, que tengo otras cosas mejores que hacer…» o tal vez «¿Cómo, otra vez se va a pesar? ¿No confía en mí? ¿Quién se cree que soy? Una tiene su orgullo…».

En fin… ya no se puede confiar en la honestidad ni de una simple balanza. O será que hay que tratarla con delicadeza para que no le baje la autoestima, que ya está por el piso.

Escrito por torpe el 01/05/2009 a las 21:31 hs.

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