Sobre el psicoanálisis y la ciencia

A veces se defiende el método científico como única y última fuente posible de verdad. Se incurre en la creencia de que lo que no ha sido validado por la Ciencia no tiene valor alguno de verdad; y que lo que la Ciencia no sabe aún, lo sabrá en algún momento.

La ciencia y el método científico tienen sus límites. Por ejemplo, se ha argumentado que especular sobre cómo era el Universo antes del Big Bang no es física sino metafísica, ya que se trataría de un conocimiento al que no podremos acceder de ninguna forma debido a que toda información al respecto no forma parte del estado actual del Universo, y cualquier opinión al respecto debe tratarse como una conjetura. Otros límites más obvios de la ciencia se encuentran en la Moral, la Política, las relaciones humanas, etc., áreas del conocimiento que tienen que ver con las ideas, los deseos y objetivos humanos, que no son abarcables por la ciencia sino que pertenecen al dominio de la filosofía; es decir, se trata de límites formales.

En mi opinión, una de las áreas en las que la Ciencia claramente encuentra y encontrará siempre un límite es en la psicología. Esta ciencia estudia la mente, que es casualmente el lugar donde residen las ideas, los deseos y los objetivos humanos. Por lo tanto, la psicología se encuentra con una primer y muy grande dificultad al intentar cualificar, cuantificar, clasificar, diferenciar e identificar funciones abstractas de la mente que no son estudiables por la Ciencia en sí mismas.

Un traumatólogo puede estudiar el movimiento de un músculo o una articulación, y analizar ese movimiento utilizando descubrimientos de la física y la química, así como herramientas de la mecánica y las matemáticas; de esa forma puede decir que un músculo está trabajando correctamente, que recibe suficiente oxígeno o que una articulación puede o no resistir un determinado esfuerzo. Pero, ¿cómo haría un psicólogo para determinar que un cerebro está procesando correctamente la inserción social de un individuo? ¿Cómo se identifica lo que produce que una mujer siempre termine relacionándose con hombres que le hacen mal? ¿Cómo se cuantifica el temor a las alturas? Y lo que es peor; ¿cuál mente es la que funciona bien, la del individuo que se adapta o la del que no se adapta? ¿Las dos? Suponiendo que se identifica un problema, ¿cómo se lo corrige? ¿Se puede «curar»?

No voy a ocuparme aquí de los problemas graves, generalmente catalogados como locura, ya sean psicosis, esquizofrenia u otros, que tienen características mucho más marcadas (a veces con raíces claramente identificables desde un punto de vista químico o anatómico) y que con toda probabilidad deban ser catalogados como casos clínicos. Hablaré aquí exclusivamente de los problemas comunes que todo ser humano que podamos considerar «normal» puede tener. Problemas que en algunos casos ninguna ciencia puede catalogar satisfactoriamente, ya que tienen sentido sólo para ese individuo.

Los problemas psicológicos típicos que pueden tratarse en una psicoterapia (cuando no se está directamente loco) tienen que ver con las pequeñas falencias o a veces incoherencias que tenemos entre lo que deseamos y lo que hacemos, pero que arrastramos constantemente impidiéndonos alcanzar la vida que queremos. Nuestra mente almacena millones de pedacitos de aprendizaje que, no sólo son siempre incompletos, fragmentados y discontinuos, sino que además muchos de ellos son incoherentes entre sí. Se trata de sutilezas que tenemos tan incorporadas que nos es casi imposible notarlas por cuenta propia. Así como el ojo cree ver un continuo cuando en realidad la visión se produce de forma cuantificada (las células de la retina son como los píxeles de una cámara), nuestra mente cree ver un continuo en su percepción del mundo, sin percibir los «huecos» que no tiene otra opción que ignorar. Interpretando libremente a Sócrates, es imposible percibir fehacientemente la medida de nuestra ignorancia.

Sin embargo, a veces sí podemos notar esas falencias en los demás; cotidianamente vemos a gente que conocemos bien (nuestra propia familia, tal vez, o amigos) meterse en situaciones o reaccionar de formas que nosotros «desde afuera» consideramos contrarias a sus propios intereses. Y a veces lo hablamos con ellos pero parecen no entendernos, o tener mil explicaciones para esos comportamientos o decisiones que «casi» nos convencen, pero que en el fondo siempre nos dejan con la duda («yo no lo haría de esa manera»). Desgraciadamente, como dice el refrán sobre «la paja en el ojo ajeno», esos patrones son casi imposibles de notar en nosotros mismos. Y no nos hagamos ilusiones: todos tenemos esas incoherencias en menor o mayor medida, y en algunos casos nos llevan a elegir caminos en la vida que, de haber podido ver las opciones, hubiéramos querido evitar.

El caso más triste es cuando las notamos después de que un gran daño ha sido hecho. «¿Cómo pude estar casado/a con esta persona tantos años, si no me quería/era nociva para mí?«, «Éste es el cuarto trabajo del que me echan; nunca encajo en ningún lado porque no me comprenden«. Y aún más doloroso, cuando inconcientemente imprimimos los mismos problemas en nuestros hijos (mi opinión personal siempre ha sido: «niño con problemas, psicólogo para los padres»).

Sería ridículo, con lo que sabemos en el siglo XXI, argumentar que nuestro cerebro tiene adaptaciones específicas para leer, discutir, cocinar, jugar a las cartas, o cualquier función que pudiéramos calificar de distintiva de la raza humana. Si todas esas funciones son posibles, se trata sin duda de un comportamiento emergente de la capacidad cerebral. Un análisis anatómico del cerebro, por ejemplo, apoya esta idea ya que no se ha podido identificar ninguna especialización de ese estilo (diferenciación de neuronas, áreas irremplazables del córtex cerebral, etc.).

Al no haber órganos o secciones cerebrales específicas relacionadas con los problemas personales, debería ser evidente que no hay ni puede haber nunca pastillas o cirugías que ayuden a corregir esos problemas. Por supuesto que al inhibir ciertos procesos químicos podemos paliar momentáneamente las manifestaciones de estas pseudopatologías utilizando drogas y medicamentos, pero así como una borrachera nos ofrece un olvido momentáneo de las penas diarias, no hay cantidad de alcohol que corrija la pérdida de un amor o de un ser querido, nos consiga trabajo o nos convierta la vida en exitosa y feliz. Ni la biología ni la química podrán ayudarnos por este lado.

Por lo tanto, si hay alguna solución, ésta vendrá de la mano de algo que actúe por medio de experiencias personales. Por experiencias me refiero a sucesos que sean registrados por la mente del individuo provocando nuevos aprendizajes que corrijan, complementen o completen los aprendizajes previos, ya incoherentes, ya incompletos o discontinuos. Es decir, si aprendimos mal que 2+2=5, la única forma de corregirlo es aprendiendo correctamente 2+2=4. Y si la tabla del siete no la sabemos, lo mejor será aprenderla. No hay cirugía ni pastilla (todavía) para la tabla del siete.

Ahora, ¿qué puede ser ese algo que actúe por medio de experiencias personales? Hay muchas opciones; a veces simplemente cambiar de entorno (cambiar de país, por ejemplo) nos expone a situaciones tan diferentes que nos permite tomar perspectiva y reaprender lo que hayamos aprendido mal. Las religiones suelen brindar herramientas en este sentido, también. Charlar con amigos u otros seres queridos sobre nuestros problemas es excelente. Pero hay situaciones, características o problemas que resisten la ayuda de estos métodos simples y requieren de ayuda especializada, es decir, por parte de alguien que vea nuestro problema, entienda su causa y nos aporte, directa o indirectamente, una solución.

Cuando hablamos de ayuda especializada, el pensamiento de la sociedad moderna nos exige que se trate de un profesional. Es decir, alguien con el aval necesario para intervenir en nuestro problema. La disciplina que se encarga del estudio de la mente se llama psicología, y las terapias que aplican el conocimiento de la psicología se llaman psicoterapias. Éstas se pueden dividir en médicas (ej: psiquiatría) y no-médicas (ej: psicoanálisis). En la psicoterapia médica, el terapeuta ve al cliente como enfermo y lo trata para llevarlo nuevamente a la situación de salud. En la psicoterapia no-médica (humanista),  el terapeuta trata al paciente con el propósito de mejorar su calidad de vida, a través de un cambio en su conducta, actitudes, pensamientos o afectos.

Pero los ejemplos de tener mal aprendido 2+2=5 o de no saber la tabla del siete son clarísimos, y nos enteramos de ellos por ejemplo si vamos de compras; en seguida va a saltar la incongruencia o la falencia y la posible solución será trivial. El escollo con los problemas psicológicos radica en que son 1) extremadamente difíciles de identificar y 2) aún más difíciles de encontrar su causa. Para peor, una vez identificada la causa todavía queda corregirla lo que, a riesgo de agotar todo superlativo, es todavía más dificultoso. El problema es que cuando hablamos de la experiencia de un sujeto, la única visión posible es subjetiva, valga la redundancia. Excepto en psicopatologías graves, no es posible generalizar, por lo que cada caso es único en sus causas y, más aún, en su solución.

Para encontrar y tratar los problemas psicológicos de una persona es necesario trabajar directamente con ella, con su idiosincrasia (¿es católico? ¿es machista? ¿engendró hijos?), con su historia (¿perdió a sus padres de chiquito? ¿su padre era estricto?) y con sus circunstancias (¿dónde trabaja? ¿vive en familia?). El mapa de la mente de una persona, con sus incoherencias y falencias, es único y exclusivo de ésta; trabajar con ella es intentar entender el mapa utilizando señales indirectas (ningún psicoterapeuta abre un cerebro y lo «lee») y ayudar al individuo por medio de métodos indirectos (tampoco se abre un cerebro y se le «escribe»).

A ver si logro poner en perspectiva el problema: el mapa de nuestra mente no es un mapamundi al que le faltan París, Londres y Roma, y tiene mal ubicada Kuala Lumpur. Eso sería un mapa estándar con errores. Es fácil saber cómo tendría que verse un mapamundi, ya que todos los mapamundis representan la misma Tierra. Averiguamos dónde queda Roma y listo. El problema es que el mapa de la mente humana no refleja el mismo mundo en cada persona, sino que cada persona tiene un mapa que refleja su propia experiencia y personalidad, y no existe ni existirá un mapa estándar o correcto. Por eso, el psicoterapeuta debe primero intentar entender el mapa, ver adónde apunta, interpretarlo, respetarlo y contrastarlo con el mundo «real» del paciente (que el terapeuta conoce sólo por su relato) para encontrar los posibles problemas. Y todo esto sin mirar al mapa directamente, sino a su sombra a través del cristal oscuro, deforme y diminuto de la entrevista personal.

De los tipos de psicoterapia que yo conozco (y aclaro que soy bastante ignorante), el único que se toma el tiempo de conocer y tratar de entender el mapa de la persona y utilizar los propios mecanismos de la mente del paciente para que éste pueda superar las limitaciones de sus problemas, es lo que hoy en día en Argentina se suele llamar psicoanálisis. Y hago la aclaración de «se suele llamar» porque el psicoanálisis puro Freudiano (con interpretación de los sueños y todo el circo) es muy raro de encontrar. La mayoría de los psicoanalistas (terapeutas que practican la técnica en base al cuerpo de ideas del psicoanálisis) utilizan información y técnicas provenientes de un amplio conjunto de escuelas psicológicas, mucho más modernas que los primeros esbozos brindados por Freud.

En el psicoanálisis el paciente es llevado por su propio mapa mental, dirigido por el terapeuta, para que el propio paciente vea sus áreas conflictivas. Esto es, por supuesto, un camino de autoconocimiento, y no puede llevar cinco, diez o veinte sesiones. El psicoanálisis se diferencia de otras psicoterapias en que suele ser de larga duración; años es una duración muy común. En general, otras terapias apuntan a diez, tal vez quince sesiones a lo sumo, por lo que la posibilidad de recorrer dicho mapa es realmente pobre (permítaseme divergir un segundo para dar una opinión personal respecto de esto: el mayor interés de los planes de salud es apoyar las terapias cortas y desincentivar las terapias largas; la mala publicidad para el psicoanálisis es de conveniencia económica).

El principal inconveniente con el psicoanálisis, y la principal crítica que recibe, es que no se basa en ninguna ciencia; al menos como la mayoría de los epistemólogos la definen. Se basa en postulados no falsables y en información y casos subjetivos de difícil comprobación (ej: no reproducibles por terceros). Algunos epistemólogos catalogan al psicoanálisis como pseudociencia (ej: Mario Bunge) mientras que otros lo definen como protociencia (ej: Gregorio Klimovsky). Karl Popper fue quien a mediados del siglo XX introdujo el falsacionismo como criterio para identificar una ciencia. Más tarde, Imre Lakatos, discípulo de Popper, introdujo las diferenciaciones de falsacionismo ingenuo y falsacionismo sofisticado, abriendo lugar para poner al psicoanálisis fuera de las pseudociencias.

La objeción sobre si el psicoanálisis es o no es ciencia es comprensible porque, excepto dentro de las creencias religiosas y otros tipos de fe, cualquier ser humano que vaya a ponerse en manos de un método (y en última instancia, de otro humano) en busca de curación u otro tipo de ayuda, desea que ese método haya sido verificado y comprobado hasta el hartazgo. Respecto de eso, se supone que cuando una disciplina recibe la carátula de ciencia, la seriedad está asegurada por muchos mecanismos independientes, y los métodos no se basan en lo que de otra forma sería meramente la opinión de alguien, por muy convencido que esté ese alguien.

Sin embargo, creo que dicha pretensión es razonable si no se la utiliza a rajatabla. Como todo en la vida, las posiciones extremas tarde o temprano muestran la hilacha. En primer lugar, la definición de ciencia no es científica; se trata de un acuerdo entre personas a los que «les parece bien» la serie de medidas que toman para incorporar un nuevo conocimiento. Por supuesto no se trata de cualquier persona, sino de los pensadores más prestigiosos de la humanidad de los últimos siglos, por lo que sin más esa opinión es bastante respetable. Pero como ya expuse antes, distintos epistemólogos tienen distintas opiniones sobre el psicoanálisis. Cabe destacar que definir lo que es y lo que no es ciencia es todavía un debate abierto de la filosofía de la ciencia y que, en última instancia, sólo se trata de poner una etiqueta; si todos decimos que esto es azul, entonces azul queda definido como «lo que es esto».

En segundo lugar, y creo que aquí debería residir el corazón de la discusión por lo antes expuesto sobre la naturaleza de los problemas psicológicos, mi opinión personal es que no puede haber una disciplina con base científica que cumpla el rol del psicoanálisis para los casos no clínicos (usando las definiciones más conservadoras de lo que es ciencia). No digo que el psicoanálisis sea la única respuesta, sino que cualquiera que sea la mejor respuesta, ésta no puede tener base científica a como se entiende hoy la Ciencia en su definición más ortodoxa. Y la principal razón por la que afirmo esto es porque opino que no es posible aplicar el método científico a los problemas personales, debido a que son siempre subjetivos. Por su propia naturaleza no son falsables ni contrastables. Desconocer la limitación de los métodos científicos respecto de esto es, a mi parecer, o bien no comprender la dimensión del problema y subestimarlo, o bien creer en el método científico como método absoluto; es decir, tener «fe» en el método científico. Y esto último es completamente válido, pero entonces claramente la discusión ya pasa al terreno de las creencias personales y no de la validez de los argumentos.

Todos los riñones trabajan bajo los mismos principios; una vez que se encuentran las n causas posibles de cálculo renal, se las puede intentar evitar una por una, por tratarse de un comportamiento mecánico. Lo mismo que, una vez desarrollado el cálculo, retirarlo es una cuestión mecánica si se tienen las herramientas y habilidades necesarias. No hay subjetividad; todos los riñones son riñones. El método científico se ajusta perfectamente a esas situaciones.

Que cualquier limitación psicológica (no necesariamente patológica) pueda ofrecer elementos en común entre individuos que la padecen, es una suposición razonable. Pero, a diferencia de una falencia química (que puede detectarse por medio de un análisis de sangre, ADN, enzimas, o similar), ubicar el origen y entender cómo corregir dicha limitación no puede tener un método universal, observable y -especialmente- repetible, ya que se trata de una situación subjetiva a la experiencia de cada individuo. Si pudiéramos establecer un paralelismo entre un humano y un programa de computadora, sería como pretender clasificar todos los bugs posibles en categorías y encontrar una solución universal para cada categoría que se pueda aplicar a cualquier programa (y eso que el software nos permite hacer una disección no destructiva, cosa que un ser humano no).

Por lo expuesto, antes que en la actitud científica de generalizar y proponer tratamientos a partir de lo observable y verificable, creo firmemente en un intento honesto de desentrañar los mecanismos comunes de la mente humana, que por definición estará plagado de vicios por contexto cultural, contexto personal, etc., y me parece que el psicoanálisis está bien encaminado al menos en esto.

De todas formas, el psicoanálisis padece de un problema importante, y es que su efectividad depende en gran medida de la calidad del profesional, y de la calidad del paciente. Por ridículo que suene esto último, dado que se trata de un camino de autoconocimiento, es en el paciente en quien recae gran parte de la responsabilidad del tratamiento. Esto solo, incluso suponiendo que pueda argumentarse de forma contundente e incontrastable, es extremadamente nocivo para la credibilidad de la práctica. Recuerda dolorosamente a la típica relación Maestro-Discípulo de ciertas religiones, o a anécdotas dignas de Kwai Chang Caine. Y sin embargo, nos resulta natural aceptar la responsabilidad del paciente en el tratamiento cuando, pese a todas las visitas hechas al nutricionista, no logra adelgazar ni un solo kilo.

Por otra parte, está lleno de relatos de psicólogos con bases teóricas científicas haciendo estragos con sus pacientes, o simplemente no conduciéndolos a ninguna parte. Y en el caso de la medicina clínica tradicional, generalmente los tratamientos son efectivos (han sido sometidos a numerosas pruebas científicas habilitantes), pero a menudo encontrar el diagnóstico y tratamiento correctos es casi un arte en el que muchos médicos fallan en el primer intento.

En resumidas cuentas, acepto cualquier crítica al psicoanálisis, pero permítanme criticar aún más fuerte a la psicología que base sus tratamientos en hechos objetivos, observables y contrastables. No sé si el psicoanálisis es una protociencia o una pseudociencia, pero creo que el estudio de la mente bajo los marcos de la ciencia ortodoxa tiene límites bastante cortos y una utilidad sólo relativa en el caso del bienestar individual. Creo que las psicoterapias deben surgir de una conjunción entre la ciencia y la filosofía, y que nunca nos darán una confortable sensación de certeza.

Escrito por torpe el 04/05/2010 a las 00:09 hs.

Hay 4 comentarios para “Sobre el psicoanálisis y la ciencia”

  1. torpe dice:

    Como lectura adicional, es muy interesante este reportage a Gregorio Klimovsky sobre epistemología y psicoanálisis.

  2. torpe dice:

    Y otro artículo.

  3. torpe dice:

    ¡Uy, y qué bueno el comentario #12 que dejan en este post, donde hablan sobre el pseudo-escepticismo! (aunque el post en sí me parece demasiado tendencioso y cargado de emotividad para que le dé demasiado crédito).

  4. raztez dice:

    muy interesante y acertado, si bien no lo leí entero, como critica yo lo hubiera separado en 3 posts o más, para hacer más fácil su lectura siendo un tema ya de por si complicado

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