08/06/2009

Cómo hacer unos mangos fácilmente (estando en el lugar adecuado)

Categorías: Medios y publicidad
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Simplemente eludiendo poner el nombre del nuevo shopping DOT BAIRES en las noticias negativas. Bien por el encargado de prensa del shopping. Mal la redacción de Clarín: «Tiroteo en el estacionamiento del shopping de Saavedra: un muerto«.

Escrito por mal pensado el 08/06/2009 a las 21:51 hs.

07/06/2009

El que avisa no es traidor

Categorías: Medios y publicidad
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Hace un par de semanas, Clarín anunciaba «Microsoft gastará us$100 millones en la publicidad de su nuevo buscador«. Por supuesto, a los que sabemos sumar dos más dos no nos sorprende que parte de esos US$100 millones vaya a parar a Clarín. Dicho y hecho, cada pocos días aparece una que otra publinota al respecto, como por ejemplo:

Microsoft lanzó el buscador Bing y busca destronar a Google (28 de mayo)

Esta semana llega el Bing, un buscador que desafía a Google (31 de mayo)

Hasta ahí veníamos bien… eran noticias que informaban. Pero hoy ya aparece esto:

Bing, el buscador enemigo de Google, sigue sumando adeptos (7 de junio)

¿Qué clase de noticia es ésa? No sé si enojarme por la confesa metida del perro, o alegrarme porque al menos lo blanquean. Lo patético es que ya no les importe disimularlo.

Escrito por mal pensado el 07/06/2009 a las 11:00 hs.

31/05/2009

Sin salida elegante

Categorías: Medios y publicidad
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Tapa de la revista Gente: «Por qué Luisana oculta este amor». Es claro que no esperaba otra cosa de ellos, pero… ¿por qué ser tan obvios? O bien no tienen ética profesional porque están divulgando un secreto y saben por qué la implicada no quiere divulgarlo, o bien no tienen ética profesional porque hacen afirmaciones huecas (amarillistas) sobre supuestos secretos a voces que saben que no son tales. En fin… como siempre, una vergüenza.

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Escrito por torpe el 31/05/2009 a las 18:41 hs.

18/05/2009

Drákula okupa

Categorías: Medios y publicidad, WTF
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Clarín.com: El Castillo del Conde Drácula vuelve a manos a sus legítimos dueños

Escrito por torpe el 18/05/2009 a las 21:58 hs.

01/05/2009

La balanza coqueta

Categorías: Tecnología, WTF
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Generalmente es uno el que quiere engañar a la balanza. Están los que se sacan hasta las medias y se cortan el pelo antes de pesarse. También están los que se pesan con ropa y luego se sacan más de un par de kilos porque «¡no sabés lo que pesa este jean!». Todos somos coquetos en lo más hondo del corazón. Todos queremos sentirnos al menos un poquito mejor de lo que realmente estamos, aunque no tanto como para que nos sea completamente evidente el autoengaño.

Lo que nunca hubiera esperado es que la coqueta sea la balanza. Claro que la coquetería de la balanza no pasa por la silueta, sino por la exactitud. Toda balanza sabe que debe dar el peso exacto, o al menos parecer que lo da. Pero esto, queridos amigos, es más difícil para una balanza hogareña digital que para casi cualquier otra. Las razones de esto son que, al ser digital, el número que da no deja lugar a ambigüedades ni aproximaciones. En segundo lugar, al ser hogareña, basta con bajarse y volverse a subir para repetir la lectura, la que de ser diferente a la anterior nos revelaría sin ceremonias la inexactitud de la medida.

Una balanza analógica tiene una aguja que tiembla un poco y el valor lo interpreta uno… un poco más, un poco menos, y relativamente inexacto. Una balanza digital de farmacia generalmente es paga, por lo que uno no repite alegremente la medida una y otra vez para ver si es exacta.

Entré a sospechar de mi balanza de $119 cuando hice precisamente eso: me subo, me da 78.8, me bajo, me vuelvo a subir y me vuelve a dar exactamente 78.8. Y así dos o tres veces más. ¡Wow! ¡Qué precisión! Por mi ocupación sé que ese nivel de exactitud es bastante difícil (y costoso) de lograr en un aparato hogareño de ese precio. Por eso me sorprendió. La balanza oscila un poco antes de dar el valor justo, lo cual es esperable, pero luego se decide por un peso y lo anuncia orgullosa. Lo que me hizo sospechar es que a veces los valores en los que oscila son un poco alejados de la lectura que da, y sin embargo siempre repite el mismo valor. ¿No me estará haciendo trampa?

Decidí aplicar un sistema metódico de comprobación. A ver, me peso, 78.8 Kg. Ahora pesemos algo completamente diferente: con mi pie simulo algo de más o menos 26 Kg. Ahora veamos si se olvidó de la lectura anterior: dicho y hecho, me peso y me da 79.2 Kg. Nuevamente pie a veintipico de kilos, luego otra vez yo: 78.5 Kg. ¡Ah, ladina, tramposa! No es que tenía gran precisión: ¡es que se acordaba de mí! «¡Ah, sí, a éste lo conozco!… Me da fiaca medirlo bien otra vez… le paso el valor anterior y listo, que tengo otras cosas mejores que hacer…» o tal vez «¿Cómo, otra vez se va a pesar? ¿No confía en mí? ¿Quién se cree que soy? Una tiene su orgullo…».

En fin… ya no se puede confiar en la honestidad ni de una simple balanza. O será que hay que tratarla con delicadeza para que no le baje la autoestima, que ya está por el piso.

Escrito por torpe el 01/05/2009 a las 21:31 hs.

15/04/2009

Tiene la palabra

Categorías: Sociedad
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Siempre he desconfiado de los autores con gran estilo literario. Les temo. Les huyo. Prefiero a aquellos más humildes que, a falta de grandes habilidades en ese aspecto, ponen el foco en el contenido. Me conformo con la llaneza de Asimov antes que las ampulosas metáforas de Bradbury, por ejemplo.

Por supuesto reconozco que hay frases que, a fuerza de ser simplemente perfectas, resultan una fuente de inspiración; admiro y disfruto construcciones geniales como «ensayo general para la farsa actual, teatro anti-disturbios» (Los Redondos), «y herida por un sable sin remaches/ves llorar la Biblia contra un calefón» (Discépolo), «De vez en cuando la vida toma conmigo café/y está tan bonita que da gusto verla» (Serrat). Y tampoco es que el estilo me resulte indiferente; si algo está mal redactado o es demasiado plano, me puede llegar a resultar intragable; me pasó con La Caza al Octubre Rojo, de  Tom Clancy. La elegancia es necesaria para poder transmitir claramente las ideas.

Sucede que la destreza para moldear con hermosura las palabras y frases trae consigo también el poder para enroscarlas y usarlas para ensalzar perogrulladas, remendar incongruencias o lisa y llanamente mentir. Por algún motivo, ante una frase elegante y bien estructurada estamos indefensos; le damos más valor de verdad que a otra frase más cercana a la realidad, pero tal vez llana o sosa. Este efecto es similar al «poder de la palabra impresa», que los que se dedican a carreras relacionadas con la Comunicación conocen bien: nos cuesta tener una posición crítica frente a aquello que fue publicado en el diario o salió en los noticieros. Si lo vemos escrito, impreso, lo creemos a pie juntillas (o casi). Este efecto es tan fuerte que me ha pasado de leer flagrantes falsedades en Clarín sobre temas que yo conozco desde adentro y aún así costarme mucho comenzar a dudar del diario en el resto de las noticias.

Los refranes populares suelen ser buenos ejemplos de afirmaciones falaces disfrazadas con estilo: por más que digan «perro que ladra no muerde«, yo me cuidaría igual, tanto en su versión literal como metafórica. «A todo chancho le llega su San Martín» (o «el que las hace las paga«) es una frase que, a forma de profecía autocumplida, suele usarse cuando llega el castigo merecido; sin embargo, resulta olvidada cuando la impunidad perdura insolente. Yo todavía estoy esperando el San Martín de Ménem y de algunos de sus secuaces.

En el terreno de las falsedades dichas con estilo, una frase que siempre me molestó de la canción «Quien quiera oir que oiga», de Mignona/Nebia es «si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia: la verdadera historia», donde la parte de «la verdadera historia» es claramente un razonamiento incorrecto (por lo que pude investigar, un entinema erróneo o un paralogismo, y una forma velada de argumentum ad hominem). Y es que sin importar quién escriba la historia, siempre habrá otras versiones y siempre podrá haber parcialidades, falsedades y tergiversaciones, voluntarias o no. Lo sorprendente es que como en algunos casos lo que implica la frase está en sintonía con lo que se quiere oir, hay gente que es incapaz de ver el error aunque se lo expliquen. En este caso, el error consiste en que al hecho de ganar o perder se le asigna valor moral. Ganar o perder no depende desgraciadamente de quién tiene la razón o de quién es mejor. Las series y películas de Hollywood utilizan mucho este recurso: en la resolución del conflicto, el «bueno» le gana a las trompadas al «malo» y queda zanjada la cuestión; el «bueno» tenía razón por virtud de haber sido el más fuerte. Para la canción que interpretan Baglietto y Garré el razonamiento es el mismo pero, como somos sudacas acomplejados con la colonización y la dominación externa, en nuestro caso implicamos que tiene razón el que pierde, el oprimido, y por ende el que gana carece de autoridad moral y no puede ser veraz.

Hay otra frase engañosa en la misma canción: «inútil es matar: la muerte prueba que la vida existe». Aunque aquí el concepto de a quién se mata es metafórico (interpreto yo que habla de las ideas, más que de las personas), de todas formas hace trampa porque no sostiene la metáfora en toda su estructura. La segunda parte de la frase es hermosa y nos invita a considerar a la vida y a la muerte como constituyentes necesarios de un todo armónico. La primera parte, en cambio, no puede deducirse de dicha afirmación. Matar las ideas no es útil o inútil porque haya una prueba de que existan o que sean mejores que otras. Al contrario, matarlas carecería de sentido si no existieran. Pero la frase es tan bella que la sensación que nos produce es que debe ser cierta. Y porque aborrecemos la muerte (de las personas y de las ideas) y nos aferramos a cualquier cosa que la niege, deseamos que la frase sea cierta. Todo esto «funciona» porque la canción insinúa que las ideas de las que se habla son las más altruistas y puras. Distinto nos sentiríamos si se hablara de matar las ideas de ideologías que despreciamos. Podemos imaginar: «inútil es erradicar la trata de personas; el intento de erradicarla prueba que ésta existe«. No funciona igual, ¿cierto?

Con las palabras bellas pasa un poco como con el amor: cuando nos enamoramos sólo podemos ver lo bueno de aquel o aquella que amamos, y somos incapaces de ver lo malo a cinco centímetros de distancia. Al igual que el objeto de nuestro amor, las frases hermosas nos hipnotizan, nos hechizan, nos acarician y confortan, y ahí es cuando les abrimos la puerta para engañarnos con descaro. Pero no nos importa.

Tal vez nos salve una frase, no necesariamente verídica, del genial Friedrich Nietzsche: «siempre hay un poco de locura en el amor, pero siempre hay un poco de razón en la locura».

Escrito por torpe el 15/04/2009 a las 22:12 hs.

Pregunta…

Ahora que todos los canales de cable se sustentan con publicidad o se cobran por separado, ¿van a bajar las tarifas del servicio básico?

Me encanta…

Dreams, de Fleetwood Mac.

15/03/2009

Gymnopédies y Gnossiennes de Erik Satie

Categorías: Música, Yo recomiendo
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Hoy recomiendo escuchar las Gymnopédies y Gnossiennes de Erik Satie. Se trata de en total nueve hermosas piezas muy cortas, de alrededor de tres minutos cada una, y muy fáciles de escuchar, incluso para un oído nada acostumbrado a la música clásica. Son tranquilas, con una atmósfera ligeramente melancólica, aunque no triste, y tienen un aire delicado, como si fueran frágiles.

Erik Satie (se pronuncia «Eríc Satí») fue un compositor francés que vivió entre 1866 y 1925. Satie, que tenía un humor muy atrevido y mordaz, estuvo a la cabeza de casi todas las vanguardias artísticas de su época; y esto es mucho decir en el período en que el arte se redefinió a sí mismo más veces que en todo el resto de la historia de la humanidad. Muestra de su humor irreverente es su «tres trozos en forma de pera», obra en siete partes que compuso en respuesta a la crítica que le hizo su amigo Claude Debussy (otro grosso compositor de la época) sobre que sus obras carecían de forma. Claro que Debussy se refería a la forma musical y Satie lo tomó por el lado que quiso.

Aunque no fue especialmente prolífico, Satie compuso varias obras únicas para su época, como su música de mobiliario, diseñada para ser oída como parte del ambiente y no como el centro de la atención, con la que se convirtió en el inventor de la música ambiental. También compuso dos series de hermosísimas obras para piano llamadas Gymnopédies y Gnossiennes entre los años 1888 y 1891. Ambas series constan originalmente de tres piezas muy cortas cada una, pero en 1968, mucho después de haber muerto Satie, tres piezas más que él había compuesto también alrededor de 1889 pero que nunca publicó fueron «agregadas» a la lista de Gnossiennes por Robert Caby, un músico francés que conoció a Satie en sus últimos años. En lo personal creo que la elección de Caby fue correcta, en cuanto a que las tres piezas «nuevas», las Gnossiennes 4, 5 y 6, pueden ir perfectamente de la mano de las tres anteriores.

Las Gymnopédies toman su nombre indirectamente de unos versos escritos por un poeta de la época llamado Patrice Contamine. Las gimnopedias originales eran unas fiestas de Esparta (en la Grecia antigua) en honor de Leto y de sus hijos, Apolo y Artemisa. Satie había quedado muy impresionado con los versos de este poeta. Poco después de conocerlos, se encontró con el director del más importante cabaret de París de esa época (Chat Noir) quien le preguntó a qué se dedicaba. Como Satie no tenía nada que pudiera definirse como profesión a los estándares de la época, recordando los versos de Contamine se definió a sí mismo como «gimnopedista», probablemente para hacerse el gracioso y al mismo tiempo impresionar al empresario. Sus propias Gymnopédies las compondría recién dos meses más tarde.

Las Gnossiennes a su vez hacen referencia, según se cree, al gnosticismo, un mezcla de religión y filosofía con la que Satie se involucró en la época en que compuso esta obra.

De estas piezas, la más conocida es tal vez la Gymnopédie número 1. Aunque compuesta originalmente para piano (como las otras piezas de las que hablamos aquí), puede encontrarse en muchas versiones, incluyendo una para orquesta que hizo el mismísimo Debussy. En el siguiente video la podemos apreciar en su forma original:

Desde mi punto de vista de aficionado a la música sin ninguna preparación formal, diría que las Gymnopédies y las Gnossiennes se parecen en estructura y en el clima que producen. Siendo tan cortas, pueden oirse todas juntas sin problema. Mis preferidas son las Gnossiennes números 3, 4 y 5, especialmente esta última. Como sucede a menudo con este tipo de música, lo mejor es oirla en un momento de tranquilidad, preferentemente a la noche. Aquí les dejo la Gnossienne número 4 para que la aprecien:

Escrito por torpe el 15/03/2009 a las 18:05 hs.

Pregunta…

¿Cuándo van a aprender en Hollywood que los hackers no usan Mac, sino Linux?